"How can I know what I think until I read what I write?" – Henry James


There are a few lone voices willing to utter heresy. I am an avid follower of Ilusion Monetaria, a blog by ex-Bank of Spain economist (and monetarist) Miguel Navascues here.
Dr Navascues calls a spade a spade. He exhorts Spain to break free of EMU oppression immediately. (Ambrose Evans-Pritchard)

domingo, 4 de noviembre de 2018

España, país de fondo antiliberal

No uso aquí el término liberal en su estricto sentido económico, sino como el estado central que nació en el siglo XIX, semejante a otros que ya balbuceaban en Europa después de las guerras napoleonicas. 
Fue el estado que intentaron implantar los cien mil hijos de san Luis, movimiento al que Inglaterra se sumó, pero nunca estuvo de acuerdo con el sentido continental del mismo, pues no era de raíz parlamentaria y pactada con La Corona que nació en su seno en 1668. El continente - Francia, y otros - se habían adeherido a la idea del bicaneralismo, representando el Senado un baluarte defensivo de los privilegios de La Corona. 
Esa era la idea que traía el duque de Angoulême, pero el felón Fernando VII se las compuso para traicionar a los suyos, dejarles en la estacada - y en la horca - y engañar a los franceses e ingleses, implantando el absolutismo puro y duro, nada menos que hasta su muerte en 1833. En dicha muerte, a la subida al trono de Isabel II, esperanza de los liberales, comienza en España lo que para mí es la manifestación más duradera -pues dura hasta hoy, en los separatismos - del fondo profundamente antiliberal de este país. 
Nada más acceder al Trono, el tío de Isabel, autodenominado Carlos VI, se declara en rebelión contra el nuevo estado liberal balbuciente, y declara la guerra carlista, bajo las ideas claramente reaccionarias De Dios (profundamente ultra católicos), Patria (profundamente españoles) Rey y fueros (anticentralistas, raíz del separatismo futuro). 
Un movimiento de progunda raíz feudal, enraizada en la tierra y en los derechos feudales, de aristocráticos reflejos, desde luego anti liberal y, por tanto, odiador a todo lo oliera a protocapitalismo naciente entonces. Con esta ideología fuerte, representante de una buena parte de la población agraria, sobre todo en las provincias vascongadas y catalanas, fueron a una guerra sin cuartel - conocida por su extrema crueldad - aglutinándola la frustración de un mundo en desaparición, el mundo del campo frente a la ciudad moderna, laica, liberal y capitalista. 
¿Quién puede negar que no es para nada casual la localización de aquel carlismo De Dios, Patria, Rey y Fueros, con el nacionalismo de hogaño? Sí: de la derrota de aquel carlismo en tres guerras devastadoras y sangrientas, nada folclóricas, nació un frustración que fue a desembocar en el nacimiento de un catalanismo incipiente - ciertamente nació en Cataluña, que tenía a su favor una lengua. Sabino Araña no fue más que un alumno, sino un plagiador, de aquella conversión del carlismo catalán y nacionalismo incipiente -. No en balde la segunda guerra carlista fue mucho más importante en Cataluña. 
Este movimiento, fuertemente centrífugo, fue convirtiéndose en modernista, con su propia estética que miraba a Europa, que incluso quería influir en Europa más que el gobierno, que pasó a ser considerado un lastre en la pujanza creciente de ésta nueva fase recién descubierta, pero que tomó formas y estructuras rápidamente. Como movimiento con fuerza suficiente, enseguida comenzó a chantajear al nuevo régimen liberal nacido en 1876, de la mano de Antonio Cánovas, el político quizás más importante del XIX español. Refundó la monarquia parlamentaria en la cabeza de Alfonso XII, que demostró ser un monarca al que la testa le servía más que para llevar la Corona. Pero Cánovas, por La Paz, no tuvo más remedio que transigir con “el Arancel” que protegía a los productos catalanes en el mercado español, a la vez que ellos compraban el trigo de la meseta. Se instaló como verdad que no había mejores tejidos que los catalanes, y mejor pan que el que se hacía con el trigo mesetario. 
Pero el movimiento nacionalista seguía fortaleciéndose, demostrando bien pronto que cualquier concesión era tomada como debilidad del poder central. 
Muerte oficial de la Restauración y la monarquia parlamentaria, en 1931. Llegada de la República, pronto con un fuerte sesgo comunista. Guerra civil y Franco. Aparentemente, muerte de los nacionalistas. Transición. Implantación de la Constitución de 1978, un régimen democrático liberal, pero con alarmantes desfallecimientos ante los separatismos y regionalismo, por decir de alguna manera la centrifugación y desmembración del Estado. 
¿No demuestra esta historia que España es un país excéntrico, sin el suficiente peso efectivo central para fundar un Estado de derecho liberal y estable? ¿Será un sino no poder aunar las fuerzas en unos intereses comunes, en un mercado único como algo natural, y no algo que hay que escrudiñar para encontrarle un defecto de forma que permita fragmentarlo? 
Estas son la impresiones de un observador desde dentro, descreído y escéptico, como si supiera que si éstos problemas se cerraran, inmediatamente vendrían otros a sustituirlos. Es ley de vida que así sea, que los problemas se encadenen y representen el futuro, pero de una naturaleza paisajística como la descrita nace el escepticismo de que alguna vez los problemas sean otros, y no los de “Los enemigos del Comercio” como explica brillantemente Antonio Escohotado en su trilogía con ese título.  

1 comentario:

Alejandro Martin dijo...

Muy buena pieza. Pero ¿Por qué la equivalencia entre liberalismo y jacobinismo centralizador?

¿No sería para España (dadas sus particularidades) un sistema más descentralizado como el de USA? (Por supuesto reduciendo todo el despilfarro, duplicidades, etc).

Alejandro