jueves, 6 de diciembre de 2012

Pesimismo sin fisuras

Hoy, día de la Constitución, he leido el excelente artículo de Jorge de Esteban en El Mundo, llamado misericordiosamente "El brumoso día de la Constitución", en el que hace un recuento de los momentos clave en que dicho texto fue vilipendiado por los mismos legisladores. Es un recorrido doloroso, porque lo que sobresale, salta a los ojos repentinamente, como estallido cegador, es que no hay remedio. En nuestro tercer intento histórico (cuarto si contamos la Restauración) de convivir de acuerdo con la ley y el reparto de poder, hemos fracasado. Digo hemos porque sí, han sido los políticos, pero a esos políticos los hemos puesto nosotros, y no parece que nos incumba.

Esteban dice lo que yo pensaba, pero lo dice mejor que yo, pues es un gran profesional y está al tanto de los acontecimientos que han ido haciendo jirones la Constitución. Leerlo es un placer instructivo. Ahora bien, él tiene esperanza, yo no. Él cree que hay unas reformas que convendría hacer, y seguramente es verdad, pero yo no creo que se hagan. Las fuerzas demoledoras están, al fin y al cabo, vivas, y son capaces de todo. Y además, tiene el inestimable apoyo del PSOE (cuando perderían estos el manual de la democracia, si es que alguna vez lo tuvieron), y la cobardía del PP. Al contrario que él, no creo que sea un problema técnico. Es un problema de textura social. ¿Y si este país tiene una textura social predemocrática?

Lean lo que dice Arcadi Espada en otro artículo del mismo ejemplar del Mundo, sobre lo chocante que es, para cualquiera que se pare a pensar en ello, que España sea un país occidental en el que la Constitución sea conculcada por el o los legisladores, con denuedo y alegría.

Ambos textos se complementan perfectamente. Uno, narra la tropelías que han hecho nuestros gobernantes. Otro, resalta el hecho de que no sólo se posiciona en desacato el gobernante de turno, sino que, el que acaba de perder estruendosamente el apoyo del "pueblo", sea quien más ruja en contra de la ley.

"Si yo amenazo con no cumplir las leyes, el juez esperará a que se formalice, al menos en grado de tentativa, el delito. Pero la amenaza del político tiene un mayúsculo valor cualitativo, y es en razón de este valor como debería ser juzgada. La amenaza política de desacato extiende entre los ciudadanos la desmoralización, en un preciso sentido etimológico, y disemina el gas letal de que al margen de la ley gobiernan unos valores, supuestos, formalizados y promulgados por el que desacata, para cuyo predominio pide además la complicidad delictiva de su pueblo, también un demos rígidamente diseñado para cada ocasión. Escandaliza que un legislador incurra en la amenaza de desacato; pero más aún que su actitud no merezca castigo. Puede que bíblicas proclamas de referéndum subviertan la Constitución. Pero es el referéndum que pierde cada día el que la deroga."
No se lo que puede salir de un país tan inclinado a la desobediencia civil, que, como dice Esteban, ni ha rechistado cuando las únicas veces que se ha reformado la Constitución, ha sido por una orden venida de Europa, para encajar en ella dicterios de la burocracia Maastrichitnesca. Y es que Europa es nuestra máxima autoridad moral. Desgraciado el pueblo que es gobernado por otro de distinta cultura y lengua, decía Lawrence. Son embargo, es los que han conseguido de nosotros. Que nos odiemos tanto que confiemos más en lo que nos dicen otros.
El orgullo que sentimos por la Carta Magna es más bien nulo. Consentimos que hagan un trapo sucio con ella si es tal o cual líder quien lo hace. ¿Que Zapatero se la pone por montera y le regala un Estatuto a Mas totalmente inconstitucional? Bien, Why not? Esto es Spain. Que la Inmersión lingüística es una fascistadafilo nazi que conculca la Carta Magna? Qué más da, si nadie se da cuenta, y si no, es el partido que ha sido derrotado en las elecciones quien va a Europa a pedir ayuda contra esa Constitución que le molesta, con el inestimable apoyo del PSOE. Acaso alguien se va a quejar, alguien víctima del secuestro de sus derechos, por ejemplo? Nadie, porque aquí nadie sabe en qué consiste la Democracia, que es sobre todo sujeción de todos a la ley. Si el gobierno, garante de esos derechos, se pone de perfil, ya que la víctima parece no quejarse demasiado, pues que vamos a hacer nosotros? Yo hago una cosa: mostrar mi pesimismo son fisuras.

No hay más que, al final del día, oír con amargura las horteradas que se han depositado, con facundia y halitosis, en los actos oficiales de homenaje al trapo desgarrado. Porque, eso si, son de un hortera que no hay quien aguante. Pero es el orterismo que nos va, el discurso de vuelo gallináceo que nos acuna a todos, el que marca el máximo al que podemos aspirar.