"How can I know what I think until I read what I write?" – Henry James


There are a few lone voices willing to utter heresy. I am an avid follower of Ilusion Monetaria, a blog by ex-Bank of Spain economist (and monetarist) Miguel Navascues here.
Dr Navascues calls a spade a spade. He exhorts Spain to break free of EMU oppression immediately. (Ambrose Evans-Pritchard)

miércoles, 22 de febrero de 2017

El populismo que viene. Raíces y consecuencias

El llamado populismo está cada vez más cerca de apoderarse del mundo occidental: ya ha hincado sus dientes en Reino Unido y Estados Unidos, y amenaza ahora con apoderarse del continente europeo. El populismo es difícil de definir, pero lo que ha demostrado hasta ahora es que puede ser un revolcón más que relevante al orden legal vigente más o menos democrático y liberal-económico. 

 

Uno de las primeras ordenes ejecutivas de Trump ha sido la de someter a revisión la ley Dodd-Frank, que se hizo para evitar que se dieran las debilidades bancarias que originaron la gran crisis de 2008. 
No sabemos cuál será el resueltas, pero el aire despectivo de Trump al hablar de dicha ley hace temer lo peor: que suspenda sus aspectos principales. 
Cuales son esos aspectos mínimos que no deberían de tocarse, sino servir de base para mejoras ulteriores?
Una sección de esa ley, la denominada "regla Volcker", que prohíbe a las instituciones financieras operaciones por cuenta propia en instrumentos y con instituciones consideradas especulativas, será la primera en caer. El patrimonio estará al albur de esas operación mes, con lo que las ratios de capital podían quedar sin eficacia. También se apunta a las exigencias relativas a la protección de los consumidores de servicios financieros. Los acuerdos internacionales que establecen los requerimientos mínimos de recursos propios de los bancos han sido considerados un obstáculo al crecimiento del crédito, por lo que serán igualmente contestados. Todo un programa de desmantelamiento de lo construido después del desastre de 2008.

Jeffrey Frankel le dedica un artículo, en el que deja claro la importancia de esa ley, manifiestamente mejorable desde luego, pero con algunos puntos capitales que deberían ser intocables para que no se vuelva a repetir una crisis tan salvaje. Pero eso a Trump le importa una higa, y ha cedido a las presiones de sus amigos banqueros más poderosos. No hay duda que el sistema financiero americano ha ganado en solidez, y podía ganar aún más si se reforzarán alguno de esos puntos. Pues no, demos media vuelta, que lo importante es ganar dinero a corto plazo. 
¿En que podría mejorar la ley, si se mantuviera en vigor?

This is not to say that current legislation could not be improved. The most straightforward way to do that would be to restore some of the worthwhile features of the original plan that have been weakened or negated over the last seven years. Dodd-Frank might, in theory, also benefit from a more efficient tradeoff between the compliance costs that banks and other financial institutions confront and the danger of systemic instability (in areas like the “Volcker Rule” restricting proprietary trading by banks).

But achieving this would be a difficult and delicate task. Contrary to what some in the financial industry seem to believe, there is no evidence that Trump will manage it properly. On the contrary, even before the review of Dodd-Frank gets going, Trump has already gotten financial regulation badly wrong.

Dodd-Frank trataba de que hubiera más transparencia y, por ende, más confianza de los clientes (siempre a merced de la asimétrica información que controlan los intermediarios). Sin perjudicar a estos cuando su intención no es abusar del cliente. Es como si se obliga a un vendedor de coches a comprobar que no ha manipulado el cuenta kilómetros, lo que no le importará si no tiene intención de engañar. 
Hay una fundamentada sospecha de que Trump ha ganado las elecciones manipulando un sistema de Big Data para influir en la orientación electoral de los indecisos. Sus promesas son incumplibles: no van a volver los empleos con los que sueñan sus votantes, empleos que han desaparecido no sólo por la competencia exterior, sino porque el avance tecnológico impide que esas líneas de producción vuelvan a ser factibles. En realidad está haciendo todo lo contrario para volver a ese imposible, y en este caso de la Dodd-Frank, está haciendo lo posible para que el sistema financiero vuelva a ser un riesgo sistémico. 
En realidad, como dice Joseph StiglitzTrump (el populista hasta ahora más inquietante, porque va confirmando su decisión de llevar sus promesas a cabo), tiene una visión maniquea del mundo y la política internacional, o en otras palabras, una visión de suma cero: 

Trump ve el mundo en términos de un juego de suma cero. En realidad, la globalización, si es bien administrada, es una fuerza de suma positiva: EE UU gana si sus amigos y aliados —ya sea Australia, la Unión Europea o México— son más fuertes. Pero el enfoque de Trump amenaza con convertir la globalización en un juego de suma negativa: EE UU también perderá. Ese enfoque quedó claro desde su discurso inaugural, en el cual su repetido conjuro “Primero, Estados Unidos”, con sus connotaciones históricamente fascistas, confirmó el compromiso que Trump tiene con sus estrategias más feas. Las Administraciones anteriores siempre han tomado en serio su responsabilidad de promover los intereses de EE UU. Pero las políticas que perseguían, por lo general, se enmarcaban en términos de una comprensión ilustrada de lo que significa el interés nacional. Los estadounidenses, según ellos, se benefician de una economía mundial más próspera y una red de alianzas entre países comprometidos con la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho.

Y como populista que es - otra característica que debemos esperar de todos los que aspiran a llegar al poder - lo primero que ha hecho es establecer un régimen sino de terror, al menos de pánico a ser señalado en un simple twitt, como nos alerta de nuevo Stiglitz: 

La falta de coraje [en el Foro de Davos] fue aún más preocupante: estaba claro que muchos de los que estaban preocupados por Trump tenían miedo de elevar sus voces, ya que podría ocurrir que ellos (y el precio de las acciones de sus empresas) se vayan a convertir en el blanco de un tuit. El miedo omnipresente es un sello característico de los regímenes autoritarios, y ahora lo estamos viendo en EE UU por primera vez en mi vida adulta.

Como resultado, la importancia del Estado de derecho, que otrora fue un concepto abstracto para muchos estadounidenses, se ha convertido en algo muy concreto. Bajo el Estado de derecho, si el Gobierno quiere evitar que las empresas contraten a terceros y subcontraten internacionalmente, tiene que promulgar leyes y adoptar regulaciones para crear los incentivos adecuados y desalentar el comportamiento que le es indeseable. El Gobierno no intimida ni amenaza a empresas en particular, ni tampoco retrata a los traumatizados refugiados como una amenaza a la seguridad.

Pero no es solo EEUU y Trump lo que debe inquietarnos, sino la difusión general del llamado "populismo", algo tan generalizado y creciente como difícil de analizar, pues cada país y cada cultura le ha puesto su impronta. 
¿Que es el populismo? hay un artículo de Brigitte Granville que sintetiza las opiniones de los más relevantes economistas o académicos que han escrito sobre él. Ese esfuerzo de síntesis merece la pena leerse, pero al final no se llega a una conclusión precisa sobre la pregunta. En mi opinión, el populismo tiene una raíz común con lo que Antonio Escohotado, en su impresionante libro "Los enemigos del comercio", identifica, a lo largo de la historia con todos los grupos sociales, desde  místicos religiosos a ideologías extremas ( a derecha e izquierda), por los que circula el elemento común de odiar, repudiar, y a ser posible, eliminar, la propiedad privada y la libertad de comercio. No es que los neopopulistas de hogaño se hayan definido así, pero se percibe claramente esa comunidad de intenciones con los populistas de antaño. Tienen en común el odio al la diferencia de riqueza entre pobres y ricos, que desde luego la crisis ha aumentado, como en otras épocas de crisis, a lo largo de la historia, lo que les ha hecho florecer, alcanzando el poder y prolongado con su torpe fanatismo el periodo de penuria. Es a lo que nos enfrentamos hoy: a un revolcón de la economía liberal (en sentido amplio, incluida la socialdemocracia), y una inmersión en la economía de entreguerras, precisamente lo que se ha intentado evitar con la política monetaria de los bancos centrales, pero que ha llegado tarde y ha sido insuficiente para parar el tren del populismo. 
Como dice Granville, el populismo lleva la semilla de su fracaso en su torpeza, en sus propuestas contradictorias, incompatibles, que dictaminan con escaso error su caída. Por ejemplo, como dice el economista chileno Velasco, "Trump ha dictaminado proteccionismo, su "joya de La Corona", pero esto no dejará de encarecer las importaciones (efecto buscado), pero a su vez esto encarecerá los costes salariales y no salariales de las empresas residentes en EEUU, todo lo contrario de lo deseado. Las importaciones, paradójicamente, fomentan por lo menos algunas exportaciones. Lo mimos pasa con la promesa de reducir impuestos a los ricos y a la vez lanzar el gasto público por un billón de dólares (trillion en anglo saxo), lo que puede lanzar la economía a corto plazo, pero crear deuda creciente a un plazo más largo. En economía no hay medidas sin efectos contrarios, y el populismo precisamente se caracteriza desde luego por ignorarlo. Sin embargo, 
 ¿Cuanto tardará en llegar ese fracaso, y, sobre todo, habrá en pie instituciones no relegadas para que su fracaso electoral y sustitución por la normalidad anterior sea ágil sea ágil? Desgraciadamente no podemos estar seguro de que dure poco, y por lo tanto tampoco podemos asegurar que el relevo será sin problemas, porque cuando los populistas fracasan, sean del signo que sean, tienden a invadir las instrucciones garantes de la libertad, lo que les atrinchera con más fuerza en el poder... y hace más difícil restablecerlas en su pleno significado. 
En Hungría por ejemplo, hay un gobierno populista desde hace un año, nos informa Granville, que ha hecho felices a sus votantes mediante una política de gasto social y veto a la inmigración. Esto no puede ser eterno, pero puede durar, y puede alargarse en sus contradicciones, si el poder invade la justicia y el legislativo, más en una Europa a punto de caer sus países más señeros en poder de los populistas, lo que al menos debilitará el afán de las instituciones europeas en su vigilancia del Pacto por la estabilidad y el empleo. De hecho ya se empieza a notar esa debilidad en la ampliación de plazos concedida a ciertos países incumplidores del déficit público. Por eso, podemos pensar sin riesgo de equivocarnos que la duración de los gobiernos populistas va ser muy elástica. 
Todas estas razones no son halagüeñas para lo que se viene llamando desde hace siglos el mundo occidental, incluyendo los paises que se han incorporado recientemente, y que por ello son los de más endeble resistencia. ¿Una nueva "Decadencia de Occidente", De Splenger?

No es de extrañar que esa debilidad este fomentada por el "aliado" de Trump, Putin, el jerarca ruso, que quiere devolver los golpes sufridos en los años noventa cuando Rusia estaba extremadamente débil, y EEUU no estuvo muy fino en el análisis del efecto boomerang de querer llevar la OTAN hasta la misma frontera. No sólo eso, sino que Trump - aunque parece haber rectificado - dijo que la OTAN aérea un trasto inútil y que no pensaba mantener su cuota. 
Desgraciadamente, el efecto debilitador es unidireccional, de EEUU a Europa, lo que quiere decir que estamos a merced de los ucases de Trump y sus sueños de debilitar a la Unión Europa en favor de Reino Unido, y Rusia. 
Estos son fuerzas externas, pero el enemigo principal está dentro, dispuesto a abrir las puertas a ese enemigo exterior. Probablemente, Occidente no ha estado en una situación tan delicada e incierta desde la Segunda Guerra Mundial.