"How can I know what I think until I read what I write?" – Henry James


There are a few lone voices willing to utter heresy. I am an avid follower of Ilusion Monetaria, a blog by ex-Bank of Spain economist (and monetarist) Miguel Navascues here.
Dr Navascues calls a spade a spade. He exhorts Spain to break free of EMU oppression immediately. (Ambrose Evans-Pritchard)

lunes, 17 de julio de 2017

La edad de oro

Nuestra edad de oro es la infancia. Hasta determinada edad somos felices porque no contamos con la muerte, a pesar de que familiares y conocidos van desapareciendo. Pero eso no va con nosotros. Luego, poco a poco, los jirones de felicidad se van desprendiendo a mayor velocidad que adquirimos otros, que a demás son fugaces, y lo sabemos: la muerte está presente para siempre. 
Desde entonces, perdida la virginidad, la felicidad es transitoria, eventual, fugaz. No la puedes fabricar, construir: te la encuentras o no. 
A veces, raramente, la felicidad está en los demás. Yo no sé sacar felicidad de la gente. Entran consideraciones de depredación o lo contrario, y lo demás es muy difícil. 
¿Hablar con los demás? ¿No es una cuestión de estrategias más o menos planeadas, surgidas o no sobre la marcha? Además es agotador cuando no hay la mínima espontaneidad. Si no hay una mínima coincidencia de sentimientos - no hablemos de intereses - al interlocutor le importa muy poco lo que quieres transmitirle. Intenta decirle que has estado leyendo un libro apasionante. Los bostezos reprimidos serán ostentosos. ¿Y la cortesía? No es agotadora cuando no puedes huir del escenario para estar solo en casa, por cierto más fuente de felicidad que los demás? 
Mejor intentar construir algo en equipo; de ahí, de la acción, puede surgir el sentimiento de estar construyendo algo. Esto se consigue a base de acciones modestas, que vayan encajando. Pero que no se cuente con la generosidad o la falta de celos, por si acaso. 
A veces se confunde la felicidad con el halago de los demás. Eso actúa como una droga lo que exige más y más dosis. De ahí la relación biunívoca entre ese mundo y la drogadicción. Recibir halagos produce un gran vacío de más halagos, imposible de satisfacer. 
Sin embargo hay que reconocer que la vanidad es, dentro de ciertas medidas, inofensiva para los demás y  muy creativa. La vanidad de los actores, escritores, artistas, produce grandes obras, a veces. Los demás las disfrutan, y el que se descompone por dentro - si no se autocontrola - es el vanidoso. ¿De qué le vale tener su casa llena de trofeos adquiridos con justicia, si no puede mostrarlos a todo el mundo? Y, sobre todo, ¿como reconocer que tu edad ya no te permite ser creativo, que has perdido facultades, si hay quienes te siguen halagando? 
No, no creo que vaya por ahí la felicidad. 
¿Y el "santeresismo", la entrega a los demás, la entrega sin límites, vaciar bacinas apestosas, cambiar guiñapos rezumantes de residuos, sin remuneración, por la simple - o compleja - satisfacción espiritual proyectada al futuro... esto creo que es simétricamente opuesto a la vanidad: no hay más remedio que concederle todo el mérito al protagonista, pero los efectos sociales dejan mucho que desear al desincentivar una actitud distinta ante la vida, aunque sólo sea exijir eso como un derecho debido. Con todo, no hay más remedio que humillarse ante algo que uno no es capaz de hacer...
Esto no es más que una pequeña muestra de lo compleja que es la humanidad. La felicidad puede depositarse en el alma de un general que consigue una justa y brillante victoria para la patria, o contra un tirano, pese a los muertos e infelicidad causados; en un descubrimiento científico que luego se convierte en un armamento mortal, y así ad infinitum. 
Las pasiones y las virtudes se combinan con difícil eficacia desde el punto de vista colectivo. 
No se puede buscar. Hay que encontrarla. 

6 comentarios:

Antonio de Badajoz dijo...

Magistral Miguel...

miguel navascues dijo...

Gracias, Antonio

Enrique dijo...

Muy bueno Miguel. En la felicidad que se va perdiendo tengo otra visión. En la edad adulta con todas las dificultades, uno tiene más control de sus decisiones y por tanto de su destino,eso a mí me hace más feliz que en la infancia o juventud.

Ya en la última etapa con todo hecho y si se tiene un razonable desahogo económico y salud, es una etapa también feliz. Creo que uno tiende a idealizar el pasado con una visión romántica en la que exalta lo bueno y suaviza lo malo.

miguel navascues dijo...

En la edad madura y consciente de la muerte, como decía Julián Marías, sólo se debe aspirar a la alegría, una idea hermosa y más modesta, pero tampoco fácil de alcanzar.
La infancia es la única edad de la magia irrecuperable. Y como decía Chesterton, además con esa magia los niños expresan su verdad, que es la única válida para ellos. Es una lógica inapelable. El otro día, con unos sobrinos. Su madre, a la hora de irse, dice, "hala, dar un beso a los tíos". Uno de ellos me da un beso, y me pregunta: "oye tío, ¿ya no nos vamos a ver hasta Madrid?" Digo, claro, mañana. Ah, me contesta, ¿entonces por qué nos damos un beso? Para él un beso era algo solemne, no para malgastar, supongo. Genial.

Enrique Zurita dijo...

Yo soy más feliz ahora aunque también lo fui en la infancia y juventud. Una persona a medio hacer cree que es feliz, pero uno no sabe lo que es realmente la felicidad hasta que no sabe que es la vida, a donde va, de donde viene. Mis hijos son muy felices,pero es una felicidad distinta de la que tengo yo, que es más consciente.

miguel navascues dijo...

Creo que los niños son conscientes de la felicidad. De lo que no son conscientes es del futuro, de la necesidad de pensar en él, de que puede llegar a ser una tortura para algunos. La infancia es la seguridad que dan los padres, la inconsciencia del futuro, pero claro,par eso se tienen que dar determinadas condiciones.
Creo que es un error también querer borrar de un plumazo la seguridad que confiere la religión, no necesariamente una concreta. A los 11 años mis hijos me dijeron que ellos eran creyentes, sin que yo les hubiera enseñado nada.
No sé quién dijo "mi patria es mi infancia". Estoy de acuerdo, aunque tenga buenos recuerdos de otras épocas. Eso sí, previas a la mili, a la responsabilidad, al trabajo, a las previsiones de futuro.